El partido de llerena a finales del XVIII

El partido de llerena a finales del XVIII

miércoles, 13 de enero de 2016

SAN SEBASTIÁN, PATRÓN DE REINA

 
 
 
Parroquia de San Sebastián en Reina
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En el artículo que precede en este blog, hemos relatado cómo en el siglo XVII la ermita de San Sebastián, situada en lo que entonces se conocía como arrabal de Reina,  adquirió el rango de parroquia, sustituyendo a la entonces antigua parroquia ubicada en la alcazaba, es decir, la actual ermita de Ntra. Sra. de las Nieves. Por lo tanto, la villa y la parroquia se trasladaron desde la alcazaba al arrabal, buscando más comodidad a la hora de aprovisionarse de agua y de desplazarse para realizar las tareas agropecuarias.

El hecho de que San Sebastián sea el patrón de Reina no es casual, pues, junto a San Fructuoso, fueron considerados durante mucho tiempo como los primeros mártires cristianos, siendo objeto de especial culto y devoción en los territorios santiaguistas, de tal manera que resulta difícil encontrar un pueblo perteneciente a la Orden de Santiago que no tenga en su término una ermita bajo la advocación de uno u otro de los santos citados.

Pues bien, desde entonces cada 20 de enero se celebra en la villa de Reina la festividad de su Santo Patrón, con misa, procesión y otros festejos de carácter lúdico. Así, por ejemplo, el programa de festejos de 1925, según el corresponsal de la época fue el que sigue:


 
En el santoral del mes de enero se concentra la festividad de una buena parte de los mártires de los primeros tiempos del cristianismo. Así, el 20 de este mes se conmemora, aparte de San Sebastián, otros mártires de la época, como San Augurio, San Basílides, San Desiderio, San Eulogio, San Eusebio, San Eutimio, San Eutiquio, San Fabián, San Fequino, San Fructuoso, San Mauro y San Neófito. Nos detenemos en conocer lo que el santoral cristiano considera sobre el santo patrón de Reina.

Según el citado santoral, San Sebastián nació en el año 256, en Narbona (Francia), en el seno de una familia militar y cristiana perteneciente a la nobleza de la época. Su educación castrense tuvo lugar en la ciudad italiana de Milán, para continuar con la carrera miliciana de su padre, donde cumplía con la disciplina militar pero no participaba en los sacrificios paganos por considerarlos idolatras. Posteriormente se trasladó a Roma, donde la persecución a los cristianos por causa de la fe era realmente insufrible y cruel, para auxiliar, visitando y alentando a los seguidores de Cristo encarcelados por causa de su religión.

El emperador Diocleciano le ascendió a capitán de la guardia pretoriana, cuyo cometido era escoltar y mantener a salvo a los emperadores romanos, siendo muy respetado por todos y muy valorado por los emperadores Maximiliano y Diocleciano, quienes todavía desconocían que San Sebastián era cristiano. Finalmente fue descubierto y denunciado al emperador Maximiliano, quien le obligó a elegir entre seguir siendo soldado y ser ascendido en el ejército o seguir a Cristo y ser destituido de su cargo.

Así las cosas, habiendo hecho su confirmación sacramental, San Sebastián decidió seguir a Cristo y el emperador Maximiliano, frustrado, le amenazó de muerte, pero se mantuvo firme en su fe cristiana. El emperador, encolerizado, tomó la decisión de condenarle a morir a flechazos. De esta forma San Sebastián fue llevado al estadio, donde le desnudaron, lo amarraron a un poste y lanzaron sobre él una lluvia de flechas, dándolo por muerto. Sin embargo, fue socorrido por sus amigos, que observaron los hechos desde la distancia, trasladándolo a la casa de una noble cristiana romana, llamada Irene, quien le curó las heridas y mantuvo oculto en su casa hasta que se hubo recuperado por completo.

Tras los hechos descritos, sus amigos y compañeros le aconsejaron que se marchase de Roma, pero éste rechazó firmemente huir de la ciudad pues su corazón le impulsaba a proclamar abiertamente y con más fuerza si cabe a Cristo. Así pues San Sebastián se personó con gran valor frente al mismo emperador Maximiliano, quien no salía de su asombro al darlo por muerto, y el santo le recriminó enérgicamente su conducta por perseguir a los cristianos. Pero esta vez no lograría salir con vida, ya que Maximiliano mandó azotarle sin piedad hasta morir y los soldados del emperador ejecutaron la orden y arrojaron su cuerpo a un lodazal. Los cristianos lo recogieron y le dieron sepulcro en la Vía Apia, en la insigne catacumba que lleva su nombre y el lugar donde hoy se levanta la Basílica de San Sebastián.



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