El partido de llerena a finales del XVIII

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jueves, 4 de abril de 2013

LA FERIA DE GUADITOCA (GUADALCANAL)

            Santuario de Ntra. Sra. de Guaditoca (Guadalcanal)

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(Artículo publicado en las Actas del congreso Internacional "550 feria de San Miguel", Zafra, 2004.
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En 1791, en la décima respuesta al Interrogatorio de la Real Audiencia de Extremadura, los oficiales guadalcanalenses emitieron el siguiente informe sobre la feria de Guaditoca:
En la Pascua del Espiritusanto se celebra una feria en la Ermita de Nuestra Señora de Guaditoca de esta jurisdicción, distante dos leguas de esta villa, consistente sus mercancías en la mayor parte de caballerías, concurriendo a ella la mayor parte de Extremadura y de Andalucía, pero se considera por muy útil el establecimiento de un mercado en un día de cada semana franco, para que la población pueda socorrerse del comestible y efectos pertinentes a los industriosos de dichos vecinos...

Los tres párrocos locales informaron en los siguientes términos:
Se concurre a ella los tres días de la Pascua del Espíritu Santo, en los que se celebran otras tantas misas cantadas y en el último procesión, y tiene de renta como dos mil trescientos reales, productos de algunas fincas y limosnas de los fieles; tiene dos ermitaños nombrado por el administrador.

Finalmente, el Sr. Alfranca, Intendente en el Interrogatorio citado, decía al respecto:
Hay una sola feria o mercado en el santuario de Nuestra señora de Guaditoca (...) donde concurren algunas tienda de mercería, telas, paños, jergas, quincalla y bujería, todo ganado mayor y toda especie de caballería, las que pastan durante la feria en un baldío y en las dehesas inmediatas.
Hay en este sitio unos portales para las tiendas en suelo tenidos por públicos a costa de la casa del alférez mayor Ortega, que es administradora perpetua de dicho santuario.
No hay privilegio para esta feria, sino una costumbre antigua de celebrarla. Se pagan los derechos reales de alcabalas conforme a las instrucciones, y el administrador percibe a título de limosna un tanto por los portales, mesas y puestos de venta, que en efecto es una verdadera extracción o arriendo, y la justicia cobra también los derechos de los despachos.
Sobre cuya feria, derechos reales, exacciones del administrador del santuario y pastos de los ganados que concurren, hay informe pendientes en el Consejo de Órdenes, hechos al mismo y al gobernador de Llerena, como subdelegados de rentas, por el corregidor anterior, don Antonio Sánchez Donoso e Iranzo.
Convendría se celebrase dicha feria dentro de la villa, y no en el despoblado por los inconvenientes de los daños que se hacen en las dehesas de los particulares por los ganados y por los robos, excesos y delitos que son frecuentes y no pueden precaverse fácilmente en distancia de la villa, y por no haber casas ni comodidad para los concurrentes, que sería mayor en la villa, y finalmente, por el aumento y mayor seguridad de los derechos reales...

Conociendo los precedentes de la feria en cuestión, especialmente los acontecimientos desarrollados a partir de la celebrada en la primavera de 1784, el Sr. Alfranca, como oidor de la Real Audiencia de Extremadura, sentenciaba anticipadamente el fin de dicha feria en el prado del río o arroyo de Guaditoca, junto a la ermita del mismo nombre, aconsejando su traslado a la villa de Guadalcanal.
En efecto, con los datos que se manejan sobre el santuario y los actos devociones y festivos que en él se desarrollaban, se estima que el informe fue tendencioso pues, aunque eran ciertas la mayoría de las afirmaciones, Alfranca  (intendente en el Interrogatorio, pero también unos de los jueces de la Real Audiencia de Cáceres) ocultaba el verdadero entramado del asunto, especialmente la circunstancia de que en aquellas fechas ya estaba establecido un pleito ante la Audiencia cacereña por el control de los asuntos civiles y religiosos que allí se entremezclaban, enfrentándose el Ayuntamiento de Guadalcanal, encabezado por el nuevo corregidor, y el heredero legal del patronato del santuario, el alférez mayor Ortega. Por ello, no resulta extraño que en 1792, es decir, un año después del informe anterior, la feria ya se celebró en Guadalcanal, siendo cacharrera y de tenderetes en la plaza de los Naranjos y alrededores, y ganadera en el coso y ejidos aledaños al pueblo.
La afirmación más cierta y con menos subterfugios de todas las vertidas por el Sr. Alfranca se refería a que el evento se celebraba sin que mediara el expreso privilegio real, pero conociendo los oficiales reales de su existencia desde principios del XVIII, colaborando en su desarrollo. Otro hecho cierto, sobre el que interesadamente pasó por alto el intendente, fue no mencionar que la familia Ortega, tras facultad real, había conseguido el patronato y administración perpetua del santuario y de todas las actividades religiosas que en torno a él se celebrasen, privilegios ratificados por el Consejo de Órdenes Militares cada vez que el titular fallecía, recayendo los derechos en el heredero legal del mayorazgo de los Ortega. También era cierto que en ningún caso se contemplaba que el título de patrón implicase el control y beneficio económico de las actividades mercantiles que espontáneamente aparecieron bajo la dirección interesada de esta poderosa familia, mercaderías que alcanzaron a finales del XVIII cifras más que interesantes. Igualmente era cierto que dicha familia resultaba claramente beneficiada con esta actividad ferial, arriesgando muy poco en la celebración del evento, pues dejaba en manos de las autoridades civiles de la villa el control del orden publico.
        En cualquier caso, estamos en presencia de una feria que surge en torno y como consecuencia de las prácticas piadosas y religiosas propiciadas alrededor de un santuario, el de Nuestra Señora de Guaditoca,  hoy patrona de Guadalcanal pero antaño objeto de devoción en la extensa comarca santiaguista del partido histórico de Llerena, especialmente significada en los pueblos de las encomiendas de Azuaga, Guadalcanal y Reina.
A la vista de la documentación consultada, resulta imposible concretar el origen de las mercaderías que allí se desarrollaban. Muñoz Torrado (1) sitúa el inicio del culto y devoción a Nuestra Señora de Guaditoca en fechas inmediatamente posteriores a la Reconquista de la zona, con ocasión de la milagrosa aparición de la Virgen a un humilde pastor en el sitio y arroyo de Guaditoca, explicación usual que sostiene una buena parte de la devoción mariana por toda la Península. Suponemos que poco después debió erigirse el primer santuario, aunque han de pasar dos siglos para localizar alguna referencia documental sobre el mismo, concretamente en las escuetas notas localizadas en los libros de las visitas de la Orden de Santiago de finales del XV (2), si bien en ningún caso, por las concretas finalidades de dichas visitas, se hacía mención alguna a ferias o mercaderías, consignando al conjunto de los eventos allí concitados bajo el epígrafe de veladas.
Antes de abordar el análisis de la evolución del santuario, queda un asunto pendiente que, aunque precisa de mayor profundidad investigadora, justifica en gran medida el carácter comarcal del santuario. Me refiero a la jurisdicción civil que en su origen afectaba al paraje donde se ubicaba el primer santuario. Según los libros de visitas últimamente citados, la ubicación del santuario no ofrece lugar a duda, situándolo dentro del término y jurisdicción de Guadalcanal, pero justo en el límite externo de una dehesa comunal de dicha villa (el Encinar), donde también confinaban intereses territoriales muy diversos, como varios predios o terrazgos de propiedad privada, una dehesa privativa y comunal de Valverde de Llerena (el Encinalejo), los baldíos supraconcejiles usufructuados en mancomunidad con los vecinos de los pueblos de la encomienda de Reina, un predio de unas 200 fanegas propiedad de la familia Ortega y, por concluir, las históricas reclamaciones que sobre el territorio en cuestión venía alegando el concejo y encomienda de Azuaga. Ya en los siglos XVII y XVIII, las discordias por el control del santuario y su feria se centraban entre el concejo guadalcanalense y los sucesivos patronos y administradores del santuario, siempre un miembro de la familia Ortega, el mismo en quien desde mediados del XVII también recaía el oficio de alférez mayor de la villa, aparte de una regiduría perpetua. En cualquier caso, por encima de estas discordias administrativas y económicas, la devoción y el culto por las sagradas imágenes de la Virgen de Guaditoca y su divino hijo, “el Niño Bellotero”, quedó enraizada entre los pueblos comarcanos, especialmente sostenido por las cofradías instituidas en Guadalcanal, Ahillones, Berlanga y Valverde.
Aparte las visitas de la Orden de Santiago, ya citadas, la siguiente referencia al santuario la encontramos en las Ordenanzas Municipales de Valverde de 1554 (3), donde reservaron parte de un capítulo para regular el descanso de las bestias que los devotos, comerciantes y curiosos locales utilizaban para aproximarse a la ermita en los días de su fiesta y feria, circunstancia propicia en cualquier caso para entablar negociaciones sobre las mismas y para que mercaderes de distintos géneros se asentasen en el prado de Guaditoca, satisfaciendo así las necesidades del gentío que concurría durante los tres primeros días de la Pascua del Espíritu Santo.
Las visitas de la Orden correspondientes a 1575 y 1603 reflejan un considerable deterioro del santuario soporte de la devoción y del comercio relatado, resultando este último aspecto especialmente perjudicado por uno de los mandatos de carácter general que, en plena efervescencia tridentina, hicieron inscribir los visitadores en los libros de fábrica de las ermitas y cofradías fiscalizadas, prohibiendo las celebraciones de veladas.
En este estado de cosas (ahora en el cogollo de la crisis y decadencia generalizada que asoló el reino durante la etapa final del quinientos y casi todo el seiscientos) debieron continuar los festejos y cultos en Guaditoca, hasta que la iniciativa de un guadalcanalense se interpuso para, al menos, recuperar el culto y devoción de antaño, objetivo que al parecer consiguió. Me refiero a Alonso Carranco Ortega, a quien Muñoz Torrado considera descendiente del famoso Pedro Ortega Valencia, maestre de campo de la armada, que en tiempos de Felipe II descubrió y conquistó para el imperio la conocida isla de Guadalcanal, en pleno Pacífico. Lo cierto es que el referido Alonso, considerando irrecuperable el antiguo santuario, construyó otro de nueva planta en lo que llamaban prado del río Guaditoca, a corta distancia del anterior y de la peña donde la tradición ubicaba la aparición de la Virgen. Además, con miras a que sus herederos cuidasen del santuario y fomentasen el culto a la patrona, adosado a la ermita se hizo construir unos aposentos con acceso directo a la misma. El nuevo santuario, tras una dilatada espera, fue bendecido en 1649.
Muerto Alonso, su hijo Pedro Ortega Freire le sucedió en tales compromisos y beneficios, ocupándose casi permanentemente de la mayordomía de la cofradía y recuperando el arraigo popular de antaño. Estas circunstancias animaron al patrón a invertir en lo que parecía un floreciente negocio, pese a que en diversas ocasiones tuvo que soportar el envite de sus convecinos, que le conminaban a cerrar la puerta de acceso directo al santuario desde las casas de su morada, circunstancia que no le supondría muchos quebraderos de cabeza, pues por facultad real había conseguido comprar el título de alférez mayor de Guadalcanal, con voz, voto y preeminencia de sitio en el Ayuntamiento, en la iglesia mayor y en todas las celebraciones civiles y religiosas de la villa. Con la finalidad de ganarse al clero, aparte aumentarle la congrua por su participación en los actos y festejos religiosos, consiguió de Su Santidad indulgencias para los devotos que asistieran al santuario en los días festivos programados. En definitiva, ató los cabos precisos para fomentar las mercaderías, rematando sus actuaciones con la construcción a finales del XVII de unos soportales en torno a la ermita, facilitando el floreciente y rentable comercio ferial.
Según relata Porras Ibáñez (4), la animación durante la Pascua del Espíritu Santo empezaba la víspera del domingo de Pentecostés, cuando a la caída de la tarde hacía su entrada en la explanada del recinto la cofradía matriz de Guadalcanal, seguida de las de Valverde, Berlanga, Ahillones…, que incluso llegaron a disponer de casa propia en las proximidades del recinto. El referido autor, seguramente en una libre interpretación de la documentación manejada, habla del vistoso desfile de presentación de las distintas cofradías y hermandades ante las santas imágenes, actos presididos por oficiales de mesa, mayordomos y autoridades religiosas y civiles. También da cuenta de los numerosos actos devocionales, materializados con la entrega de limosnas en dinero y especies (alhajas, viandas, gallinas, quesos, turrón, frutas, etc., después reducidas a dinero en las subastas programadas), todo ello atentadamente seguido por el mayordomo y colaboradores. La última tarde se remataba el culto con la procesión general de las sagradas imágenes, que lentamente recorrían la explanada, sublimándose este acto devocional al colocar las andas sobre la misma peña en la que la tradición situaba la aparición de la Virgen para, finalmente, entablar la puja para portar las andas a la entrada de las imágenes en el santuario.
A Ortega Freire le sucedió su hijo Damián Ortega Inarte y a éste Alonso Damián Ortega Toledo, casado con doña Catalina de Sanguineto Zayas, marquesa de San Antonio de Mira el Río y vizcondesa de Valdelobos. Este otro don Alonso fue un hombre de extraordinaria influencia, consiguiendo cargos y oficios tales como el de Capitán del Regimiento de Extremadura, regidor de Madrid, corregidor de Ávila y gobernador de Llerena, además de heredar legítimamente el oficio familiar de alférez mayor de Guadalcanal y de mantener un oficio de regidor perpetuo en su villa natal. Con estos antecedentes no debió resultarle difícil conseguir de S. M. el título de Patrón y Administrador perpetuo del santuario y cofradía de Nuestra señora de Guaditoca, institución ahora globalizada en una especie de patronato de su familia. Intuimos que después de este evento (ratificado notarialmente el diez de noviembre de 1722, ante Manuel José del Castillo, escribano de la villa (5)) el esfuerzo de la familia estuvo orientado especialmente en el aspecto mercantil de los festejos, explotando al máximo los recursos. Entramos así en la etapa más brillante de la feria, sin descuidar su principal soporte, el culto y devoción a esta Pastora del sur de Extremadura, que en definitiva constituía el principal argumento de lo que allí se concitaba. Por ello, una vez obtenido el patronazgo, se apresuró a ampliar las dependencias, mandando construir nuevos soportales enfrente del santuario (hoy desaparecidos), así como tres casillas más para alojamiento de vivanderos y tabernas.
Hablamos ya, por lo tanto, de una feria organizada, teniendo las mercaderías allí concertadas como beneficiario más directo al patrón, que al tratar el negocio como propio se negaba a presentar cuentas del mismo, pese a las presiones de los guadalcanalenses y devotos comarcanos, jugando el patrón-administrador con el ambivalente carácter civil y religioso de lo que allí se concitaba, sorteando las dificultades que le salían al paso al acogerse a una u otra jurisdicción, según le convenía.
Murió sin rendir cuenta en 1748. Su viuda, la marquesa de San Antonio Mira el Río (que tenía fama de mujer piadosa, fundó una capellanía en el santuario en memoria del difunto), se vio forzada a rendirlas, presentando las “cuentas del Gran Capitán”, pues resultó alcanzada en su favor con una considerable cantidad.
Se estima que la feria adquirió su cenit en tiempos del marqués consorte, circunstancia a lo que ayudó la gran plaza porticada construida, en donde en mesas y tablas arrendadas al santuario, es decir, al patrón, se ofertaban lienzos, sedas, cintas, encajes, sombreros, zapatos, cueros, cordeles, paños, estambres y alhajas, junto a todo tipo de viandas, especias y aperos de labranza. Igualmente resultaba concurrido los soportales de las tabernas, donde se degustaban los afamados vinos y aguardiente de Guadalcanal, conocidos allende los océanos gracias a los numerosos indianos locales que pasaron al Nuevo Continente. En efecto, en años sucesivos hubo necesidad de instruir memoriales en cada uno de estos eventos, gracias a los cuales conocemos las distintas mercaderías concurrentes a la feria, diferenciando los tenderetes que quedaban al aire libre en las mesas y tablas proporcionadas en arrendamiento por el patrón, y los que ocupaban los soportales y casas en esta especie de plaza presidida por la ermita-santuario (6). Concretamente, en la feria de 1784 se instalaron al aire libre:
-         9 vendedores de Carmona, Tocina y Sevilla asociados en un colectivo o jerga de individuos involucrados en la venta de instrumentos de cocina.
-         17 puestos ofertando costales.
-         29 vendedores asociados en la jerga de Medina, ofertando artículos muy diversos.
-         Otros 20 tenderetes correspondientes a la jerga de Fuente de Cantos, ofertando campanillas, botas, cencerros, artículos de cerrajería...
-         61 vendedores (de Zafra, Berlanga, Carmona, Hinojosa...) calificados globalmente como esparteros, quienes, aparte las mercancías propias, podían ofrecer artículos tan diversos como zapatos, suelas, agua, buñuelos, estribos, cordones, bayetas de Berlanga, paños en general, botones, cencerros, palas, horquillas, herrajes, material diverso de ferretería...
-         31 fruteros de Palma, con distintas frutas, dulces, chocolates y otras colaciones.
-         23 confiteros, con los productos que les eran propios.

En total, dejaron 1.450 reales para las arcas del patrón, a los cuales habría que añadir los recaudados por los tenderetes ubicados en los portales y paredes, cuya relación es la que sigue:
-         Portal de los lienzos, con 12 tenderos.
-         Portal de tiendas de cintas y encajes, que agrupaba a 11 tenderos.
-         Portal de sombreros, con 15 representantes.
-         Portal de zapatería, con 14 tiendas.
-         Portal de la cordonería, con 15 cordoneros.
-         Portal de los plateros, con 5 representantes.
-         Portal de la iglesia, donde se ubicaron 2 cordonerías.
-         Puestos de la esquina y paredes, con 3 talabarderos y 10 plateros.
-         Casas y puestos anexos, donde se concentraban los vendedores de turrón, tabaco, aceite, carniceros y hasta 9 puntos de venta de vino y aguardiente, así como guitarristas, alfareros...

Globalmente, por estos otros arrendamientos de sitios, tablas (72) y mesas (28), unos 1.989 reales y algunos maravedíes que, sumados a la partida anterior, montaron 3.440 reales.  Aparte, habría que añadir las limosnas, los ingresos por las pujas y otros que pudieran derivarse del uso de los pastos, sin descartar que el patrón pudiera reclamar alguna exacción por la compraventa de ganados.
Sin embargo, lo que realmente realzaba la feria fue su famoso mercado ganadero, especialmente significado por la compraventa de caballerías. En efecto, como el propio Ayuntamiento de la villa reconocía a finales del XVIII, “la feria era de lo más útil, precisa y necesaria a los ramos de Andalucía y esta provincia (Extremadura) por la estación en que se ejecuta de estar la recolección presente, y ser de donde se surte de caballería los labradores para sus trillas y demás trabajos de verano; los regimientos acopian caballos y los pueblos de la comarca se abastecen de lo que necesitan para dicha recolección, con cuyo motivo se hace de numeroso concurso de gentes (7)”. Más aún, si tenemos en cuenta el importante papel de este mercado para que los conocidos y afamados arrieros de Ahillones, Valverde y del propio Guadalcanal renovasen sus agotadas bestias, preparadas para que en poco más de dos jornadas alcanzasen los puertos pesqueros de Andalucía Occidental o las llanuras cerealistas del medio Guadalquivir, en un continuo ir y venir intercambiando mercancías por doquier. 
Desconocemos el beneficio que directa o indirectamente proporcionaba el mercado ganadero a la familia Ortega. Sí tenemos referencias de que el Ayuntamiento estaba involucrado en el control y recaudación de las alcabalas (8) correspondientes, registrando a los potenciales vendedores y sus ganados, así como recabando los títulos de propiedad y guías del ganado ofertado. Todo ello quedaba anotado por año y en el libro correspondiente, reflejando además las operaciones realizadas, así como la descripción con pelos, señales y hierros de los animales transferidos. En el libro de 1779 (9), respetando el orden alfabético establecido por los escribanos, se inscribieron vendedores de Ahillones, Aceuchal,  Azuaga, Arroyo de San Serván, Almadén, Don Benito, Valencia de las Torres, Valverde de Llerena, Valverde de Burguillos, Valverde de Mérida, Valverde de Leganés, Badajoz, Barcarrota, Villanueva del Rey, Villanueva del Saucejo, Villalba, Villafranca, Villagarcía, Villanueva del Fresno, Villanueva de la Serena, Villagonzalo, Berlanga, Bodonal, Bienvenida, Burguillo, Valdetorres, Cartuja, Campanario, Campillo, Carmona, Castuera, Cañaveral, Calera, Carlota, Calzadilla, Cala, Cabeza la Vaca, Cabeza del Buey, Casas de Reina, Calamonte, Constantina, cazalla, Cheles, Córdoba, Cumbres, Écija, Encinasola, Esparragosa, Fuente de Cantos, fuente, Fuenteovejuna, Fuentes del Maestre, Feria, Fregenal, Guareña, Granja, Hornachos, Higuera, Hinojosa, Lobón, Llerena, Llera, Medina, Maguilla, Malpartida, Medellín, Miajadas, Montemolín, Monesterio, Montijo, Morera, Nogales, Oliva, Palma, Pedroso, Peñaflor, Pozoblanco, Puebla del conde, Puebla de Sancho Pérez, Puebla de la Reina, Puebla del Prior, Puebla de la Calzada, Puebla del Infante, Quintana, Retamal, Reina, Rivera, Santos, Salvaleón, Salvatierra, Santa Marta, San Pedro de Mérida, Sevilla, Segura, San Nicolás, Trasierra, Talavera, Torremocha, Torremejías, Trujillo, Usagre, Zafra, Zarza y Zahíno.
Tras la muerte del marqués consorte de San Antonio Mira el Río, prosiguiendo con la supeditación de la feria a los intereses de la familia Ortega, se suscitaron dos contenciosos. El primero entre el concejo, justicias y regimiento guadalcanalense, por una parte, y los herederos del mayorazgo por la otra. Defendían en el Ayuntamiento (más bien los 23 regidores perpetuos que lo representaba,  molestos con las posibles arrogancias de la familia que ostentaba a perpetuidad el oficio de alférez mayor, con las prerrogativas que les eran propias) que estando el santuario en terrenos pertenecientes a los propios de la villa, el patronato del mismo debía corresponder a la cofradía y hermandad de Nuestra Señora, controlada por el mayordomo que eligiera el Ayuntamiento. El otro conflicto enfrentaban a los propios herederos, que no se ponían de acuerdo en la sucesión del mayorazgo. Finalmente, Pedro Ortega Arjona, unos de los sobrinos del marqués consorte, se confirmó como patrón por real título de S. M., fechado el dos de Junio de 1759.
Sin que cesasen las quejas de los guadalcanalenses y devotos de la zona, en 1779 a la muerte del anterior, pasó el patronazgo a su hijo Juan Pedro Ortega Tena, a quien las cosas no le fueron tan fáciles como a sus predecesores, ahora en una época en la que los destinos del reino quedaron en manos de ministros influenciados por las corrientes ilustradas, en cuya mentalidad no entraba entremezclar los asuntos civiles y religiosos, proponiéndose además la erradicación de las múltiples jurisdicciones que obstaculizaban el estado centralista que defendían.
En lo que aquí nos ocupa, el primer paso se dio en 1784, fecha en la que se nombró para Guadalcanal el primer corregidor de su historia, prácticamente independiente de la jurisdicción del gobernador de Llerena, que sólo conservó la subdelegación de rentas en la actual villa andaluza (10). El avispado y también contradictorio corregidor, don Antonio Donoso e Iranzo, pese a que Ortega Tena hizo todo lo posible por atraerlo a su causa, rápidamente localizó el sitio donde ubicarse, defendiendo la postura e intereses del Ayuntamiento, vecinos y devotos, y contradiciendo los del patrón y administrador, a cuyo linaje acusó de actuar con subterfugios en los métodos empleados para adquirir el patronato y de falsear las cuentas de reparación y ornamentación de la ermita, calificándoles de prepotentes y de haber robado a la villa la facultad de nombrar mayordomos de la cofradía y hermandad. El desarrollo de los acontecimientos en años siguientes podríamos calificarlo de rocambolesco, especialmente por la postura contradictoria del corregidor Iranzo, que primero atacó a la familia Ortega con saña, rayando la ilegalidad, y después, una vez que abandonó el cargo, se puso de su parte, ofertándose como abogado y enfrentándose a las actuaciones de los corregidores que le sucedieron. A pesar de todo, el Consejo de Órdenes y las autoridades religiosas de Llerena, encabezados por el prior santiaguista, siempre quedaron de parte de la familia Ortega, hasta que en 1792 tomó cartas en el asunto la nueva Real Audiencia de Extremadura (11), que animada por el informe del intendente Alfranca, desposeyó a los Ortega del Real Titulo de patronato, trasladando la feria a la villa, tal como pretendían la mayoría de los guadalcanalenses.
En este punto de la Historia sitúa Muñoz Torrado el declive del santuario como centro devocional de la comarca, hecho cierto que se palpa especialmente en la desaparición progresiva de las cofradías de los pueblos comarcanos. Sin embargo, no parece acertado situar por estos años el punto de inflexión de la feria ganadera, pues continuó con el mismo esplendor que antaño hasta la década de los sesenta del recién terminado siglo XX.
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Fuentes: las citadas al pie.
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(1) MUÑOZ TORRADO, A.
-          El santuario de Nuestra señora de Guaditoca, Sevilla, 1918. En este caso se utiliza la edición del Excmo. Ayuntamiento de Guadalcanal, prologada por I. Gómez. Los Santos de Maimonas, 2002.
-          Los últimos días de la Feria de Guaditoca, Sevilla, 1922
(2) AHN, Sec. OO.MM. Libros de Vistas 1.234 C, 1.101 C y 1.102 C.
(3) A. M. Valverde de Llerena, leg. 3, carps. 1, 2 y 3.
(4) PORRAS IBÁÑEZ, P. Mi Señora de Guaditoca, Guadalcanal, 1970.
(5) ...os elijo y nombro por Administrador de dicha ermita de Nuestra Señora de Guaditoca (...), y es mi voluntad que como tal cuidéis de la conservación, culto, decencia servicio y ornato de la dicha ermita y santa imagen y cualesquier bienes, efecto y limosna que en cualquier manera le pertenecieren (...), y mando que os entreguen por inventario y en forma todas las escrituras y papeles, bienes, muebles y raíces, joyas, plata, vestidos, y todas las cosas pertenecieren a dicha ermita (...), y que en la manera que dicha es, tengáis la dicha administración para vos en toda vuestra vida, y después de vos a los sucesores en vuestra casa, con calidad de que cada uno en su tiempo tenga obligación de sacar en su cabeza Título, y no de otra suerte, el que se le dará constando ser tal sucesor...
(6) AMG, Libro de Actas Capitulares de 1784. También en el leg. 527 (Libro de Cofradías y Hospitales).
(7) En PORRAS IBÁÑEZ, op. cit., p. 146. Informe de 1792 del corregidor Salcedo a la Real Audiencia de Extremadura.
(8) Es decir, los derechos reales derivado de las ventas.
(9) AMG, leg. 588. Feria de Nuestra señora de Guaditoca, en término de Guadalcanal. Registro de ella en el año de 1779. También en el leg. 589, en este caso referido a 1771.
(10) AMG, leg. 6. Nombramiento de don Antonio Sánchez Donoso e Iranzo como primer Corregidor de Letras de Guadalcanal en diciembre de 1783, con los oficios de justicia civil y criminal, alcaidía y alguacilazgo, con facultad de oír, librar y determinar pleitos y causas civiles y criminales..., y subdelegado plantíos y de la casta, cría y conservación de caballos.
(11) Cáceres y Mayo catorce del mis setecientos noventa y dos = Se da facultad al Alcalde mayor de la villa de Guadalcanal, para que haga trasladar a ella la Feria o Mercado, que ordinariamente se ha hecho en la Ermita de nuestra señora de Guaditoca y sus inmediaciones por el tiempo de Pascua de Pentecostés, cuidando de que se ejecute con tranquilidad y buen orden, y de que a los forasteros se les provea de víveres a justos y moderados precios. Librándose para ello la correspondiente certificación. Lo proveyeron y rubricaron los señores Regente y Oidores de la Real Audiencia de Extremadura, estando el Acuerdo, de que certifico = está rubricado

viernes, 8 de febrero de 2013

LA REAL EMPRESA MINERA DE GUADALCANAL

La plata de Guadalcanal fue ya famosa en tiempos de fenicios y romanos, como así ha quedado recogido por historiadores de la antigüedad clásica. Después de un prolongado ostracismo, o al menos en ausencia de datos durante toda la Edad Media, en 1555 asistimos a su redescubrimiento, asunto salpicado de múltiples anécdotas y de hechos transcendentales en los campos de la política, de la economía y del desarrollo metalúrgico y tecnológico. La riqueza y abundancia argentífera fue en principio tan sorprendente que empezó a circular el rumor de que las famosas minas del rey Salomón no eran de oro y piedras preciosas, sino de plata, y éstas se localizaban en Guadalcanal, una villa y encomienda santiaguista limítrofe con el reino-concejo de Sevilla, justo donde se interrumpe la penillanura extremeña para dar paso a los Montes Marianos que citaba Plinio.
Según las referencias bibliográficas y documentales localizadas, de entre las que destacamos los estudios de Tomás González  (1) y Julio Sánchez Gómez (2), el redescubrimiento se debió a Martín Delgado, un guadalcanalense a quien unos atribuían cierta candidez (…estaba arando cuando se topó casualmente con un rico filón…) y otros una gran experiencia en el descubrimiento y registro de minas tras su retorno de América, donde seguramente había tenido contacto con dichas actividades. Esta última teoría parece encajar más en la personalidad de Martín Delgado, a juzgar por el posterior desarrollo de los acontecimientos, aunque posiblemente la fiebre de la plata y la riqueza que su registro le proporcionó terminaron por desajustarle emocionalmente.
Sabemos que Martín Delgado se personó ante las autoridades locales para registrar su descubrimiento el 8 de Agosto de 1555 (3). Desde ese momento la potencial explotación minera debería quedar sometida a lo estipulado legalmente; es decir, de la plata extraída debería entregarse una quinta parte al fisco, quedando el resto para el descubridor y explotadores. Pero como los primeros resultados fueron sorprendentes, por cuantiosos y a pesar de los rudimentarios métodos tecnológicos empleados en la extracción y afinamiento, rápidamente aparecieron numerosos interesados reclamando supuestos derechos por asientos o acuerdos previos con la Corona. Y fue así porque, en efecto, la Corona, más concretamente el Consejo de Hacienda, tenía establecido previamente determinados conciertos de explotación con distintas empresas mineras de la época, algunas de las cuales, ante la riqueza de la que se hablaba, alegaban tener prioridad sobre Martín Delgado. Entre tantos interesados, fue la compañía de los poderosos Fugger (o Fuccares) (4) la que pudo sostener documentalmente dichas pretensiones.
No obstante, Martín Delgado (quien  encontró en un pariente y protegido suyo, Gonzalo Delgado, un interesado competidor que consiguió diez días después registrar a su nombre otro pozo próximo al primero de los descubiertos (5)) continuó con su rudimentaria explotación, obteniendo 18.000 ducados (6.732.000 maravedíes) de beneficio en menos de dos meses, una auténtica fortuna si tenemos en cuenta que sólo 15 años antes el Hospital de la Sangre de la ciudad de Sevilla había comprado a la Orden de Santiago todos los derechos que la Mesa Maestral poseía en la villa de Guadalcanal y su término, más la mitad de las rentas de su encomienda, en 40.000 ducados. O que un minero de la época, trabajando de sol a sol, sólo recibía unos 50 mrs. Sin duda, el mineral, aparte su elevada riqueza y ley, debía estar a flor de piel en las viejas galerías ya labradas en la antigüedad clásica.
En cualquier caso, ambos descubridores, con el asesoramiento de algunos de los guadalcanalenses más influyentes, buscaron distintas fuentes de financiación, para lo cual debieron repartir parte de los derechos que les correspondían, situación que adquirió tintes caóticos (6). No obstante, el tal Martín Delgado, que evidentemente no era tan cándido, después de ceder parte de su explotación consiguió hacerse con la mayoría de los derechos de su pariente y competidor, el  ya citado Gonzalo Martín.
Las noticias del descubrimiento no tardaron en llegar a la corte vallisoletana, donde desde hacía tiempo, con una Hacienda Real casi en bancarrota, esperaban un golpe de suerte de esta naturaleza. Por ello, inmediatamente se pusieron en contacto con el gobernador de Llerena, la máxima autoridad real en la zona, comisionándole tres importantes tareas:
-         Como subdelegado de rentas reales y de la Mesa Maestral, debería ocuparse en cobrar para la  Hacienda Real el quinto de la producción. Para ello, forzando el asunto de competencia con las autoridades locales, el gobernador situó en la explotación a un alguacil mayor con la finalidad de poner orden en la zona minera.
-         Como juez de segunda instancia, debía sentenciar en las numerosas causas surgidas sobre la propiedad y explotación de los distintos pozos, una vez desbordada la competencia judicial de los alcaldes ordinarios de la villa en la impartición de la primera instancia. En función de la documentación aportada, reconoció a la compañía de los Fugger como propietaria de la explotación, aunque más tarde, siguiendo instrucciones de la corte vallisoletana, dio orden para suspender la extracción de nuevo mineral.
-         Finalmente se le pidió que informara sobre la riqueza de la explotación, contestando el gobernador que de cada quintal de mineral extraído y lavado, una vez sometido a fusión, salía una cuarta parte de plomo argentífero, cuya riqueza en plata, tras su afinación, era igualmente de un cuarto. Es decir, el mineral producía 125 Kg. de plata por quintal.

Más adelante, en Octubre del mismo año desde la corte se envió a la zona a Agustín de Zárate, un funcionario de la máxima confianza de la Hacienda Real y con cierta experiencia en minas tras su periplo americano. Llevaba por comisión informar sobre la explotación, expresándose en los siguientes términos:
Hay en la zona de Martín Delgado cinco pozos, i en los tres de ellos se labró solamente siete días, y con estar poco más hondo de dos estados, se sacaron de ello más treinta mil ducados de valor, y si dura en lo que parece, en lo cual hasta ahora ninguna quiebra ni disminución se siente, saldrá tanta riqueza cuanta jamás se visto ni oído en estos reinos... que es cosa que jamás se vio en Potosí...

Ante tan buenas noticias, la corona dio órdenes para confiscar las minas, como paso previo a la expropiación que se preparaba, que no entró en vigor hasta la publicación de la Real Pragmática de 10 de Enero de 1559. Según la citada Pragmática, se incorporaba al Real Patrimonio las principales minas conocidas de entre las cuales la estrella, la explotación por excelencia, era la de Guadalcanal, que para entonces había dado la suficiente plata como para entrar en el campo de lo mitológico.
El documento de expropiación contemplaba la forma de indemnizar a Martín Delgado (7) y a los Fugger (8), éstos ya retirados de la explotación minera desde principios de 1556. El proceso fue largo y complejo, mediando recursos contra la decisión de la Hacienda Real, de los cuales tenemos noticias en el Archivo de la Real Chancillería de Granada. No era para menos, si tenemos en cuenta la respuesta de los distintos pozos, cuyos beneficios netos en favor de la Real Hacienda se presentan en el cuadro que sigue (9):

Años

Resultados netos en maravedíes

1556-1559
550.000.000
1560
18.728.184
1561
-6.659.739
1562
1210.170
1563
-9.322.403
1564
20.428.422


Resultados que, naturalmente, presentaron altibajos en función de la suerte, de la mayor o menor necesidad de invertir en infraestructuras y de la creciente dificultad que aparecía a medida que la explotación iba cogiendo profundidad. En la tabla que sigue se recogen datos sobre la extracción de mineral correspondiente a distintos períodos de los primeros años (10):

Años
         Meses
      Periodo
            Cantidad en Kg.
1557
Noviembre
Semanal
26.455
1557
-
Diaria
4.409
1559
Enero
Mensual
40.652
1559
Marzo
“
14.660.
1562
Febrero
“
12.908
1562
Marzo
“
25.154
1562
Abril
“
26.036
1563
Noviembre
“
7.903
1564
Mayo
“
14.881
1564
Junio
“
11.067
1564
Agosto
“
6.029


El destino de los beneficios de las minas, una vez amonedada la plata en la Casa de la Contratación de Sevilla, estaba ya predeterminado: atender a las deudas más acuciantes del hacienda real, hacer efectiva la paga y pertrechos para los ejércitos del imperio allende los Pirineos y para financiar parte de la construcción del monasterio del Escorial, aparte de ayudar a reparar la torre de Santa María en Guadalcanal, comprar una campana para la parroquia de Santa Ana en esta misma villa y otras asignaciones anecdóticas o testimoniales.
        Naturalmente, el requerimiento de manos de obra especializada fue en aumento, concurriendo en los momentos de mas actividad (Octubre de 1559) hasta 1.285 trabajadores relacionados directamente con la explotación (desde la extracción al afinamiento (11)) y de origen muy diverso, aunque especialmente se trataban de vecinos de Guadalcanal y pueblos aledaños con antecedentes mineros (Azuaga, Berlanga, Llerena, Hornachos), moriscos del reino de Granada y un buen número de esclavos comprados en la feria de San Juan de Zafra. Aparte, hemos de contemplar al personal auxiliar, encargados de los aprovisionamientos, aventureros, amigos de lo ajeno, alcahuetas, pícaros, etc. No se incluye en la cifra anterior al personal no laboral, de los que sí se tiene relación pormenorizada en determinados momentos. Así, el año de mayor actividad (1558) aparecían registrados 4 oficiales de designación real (administrador general, contador, tesorero y veedor), 12 personas elegidas directamente por el administrador general y 34 más ocupadas en actividades auxiliares y de vigilancia (12). En definitiva, un poblado de nueva creación en término de Guadalcanal, pero sometido a la jurisdicción real por expreso deseo de la corona, que de esta manera eliminaba cualquier posible injerencia en los asuntos propios de la mina, tanto de las autoridades locales como de la propia Orden de Santiago.
Intencionadamente se ha obviado la participación de los guadalcanalenses en la explotación, que al parecer fue más escasa de lo deseado, entre otras circunstancias para limitar la intrusión del concejo en los asuntos mineros. En efecto, desde un primer momento se produjo un choque desigual entre las pretensiones del humilde concejo de Guadalcanal y los intereses del poderoso Consejo de Hacienda, quejándose la primera institución del desgaste de sus dehesas y baldíos, mermados a cuenta de la continua extracción de leña para las minas, el daño que el sobrepastoreo de los bueyes y mulas destinados a la explotación producía en las dehesas concejiles y el encarecimiento de los bienes de consumo generados en la zona (13). Ya en los primeros momentos (1557) la princesa gobernadora, residiendo Felipe II en Flandes, dio órdenes en este sentido:
...en cuanto a lo que decía que convenía que los oficiales y personas que andan en las fábricas sean forasteros y no naturales, para lo que toca al buen recaudo y seguridad, aunque se les acrecentasen algo más los salarios, proveerlos heis como mejor os pareciere...

Pero los buenos augurios duraron poco; justo el tiempo necesario para que los mejores ingenios tecnológicos conocidos en la época quedaran desbordados por la profundidad que iban adquiriendo las labores de extracción, siendo las inundaciones y la falta de ventilación las principales dificultades a salvar. Estas circunstancias, más la creciente merma en riqueza del mineral extraído, ya era crítica sobre 1570, acentuándose en 1576 a raíz del hundimiento generalizado de los pozos, tras las excesivas lluvias de la última primavera.  En efecto, el día 16 de Mayo de 1576, después de veintiún años de explotación cesaron las labores y se despidió al personal, pasando estos últimos a las minas de mercurio de Almadén, junto con los ingenios y el resto del material elaborado expresamente para la explotación guadalcanalense.
Grandes fueron las expectativas y corto el resultado. Sin embargo, el nombre de  la villa quedó ligado a la Historia por ciertas novedades políticas y tecnológicas ensayadas en sus minas. Así, desde el punto de vista político, el Reino adoptó una línea novedosa hasta entonces, determinando la primera nacionalización de una empresa, minera en este caso, dando paso a la Real Empresa Minera de Guadalcanal. Esta circunstancia provocó también el nombramiento del primer Administrador General de Minas, en la persona de Agustín Zárate, una especie de Director General del Consejo de Hacienda, con sede y residencia en el poblado minero de Guadalcanal. Además, se buscaron y contrataron los mejores especialistas europeos en todas las labores relacionadas con la explotación minera, ensayándose en Guadalcanal los más avanzados ingenios tecnológicos del momento relacionados con las extracción del mineral, su elevación, la trituración, el lavado, las técnicas químicas de liberación o beneficio de plata y su posterior afinamiento. Como, por otra parte, se tenían depositadas en esta real empresa las máximas expectativas, expresamente se hizo modificar el recorrido del correo que diariamente comunicaba la corte vallisoletana con Sevilla, por entonces la ciudad más importante y rica del Imperio, incluyendo a Guadalcanal en su ruta.
Pese a las recomendaciones del Consejo de Hacienda, Felipe II no se resignaba a aceptar la realidad, llegando incluso a convocar un concurso público de ideas, por si se presentaba alguna capaz de resolver ciertos problemas tecnológicos, entre ellos los relacionados con el desagüe de los pozos inundados. Por este motivo, en 1583 consiguió embaucar otra vez en el asunto de Guadalcanal a ciertos socios de los Fugger, que no tardaron mucho tiempo en retirarse. Más adelante, en 1597 nombró como Administrador General de Minas a Jerónimo de Ayanz, conocido inventor (14), a quien se le atribuye el descubrimiento del primer artilugio de vapor capaz de desaguar lugares inundados o, como dice el guadalcanalense Cayetano Yanes (15), el primer antecedente de la futura máquina de vapor. También fue escaso el éxito de Ayanz, a quien la muerte le sorprendió en el intento.
Sin que tengamos noticias de otras tentativas serias durante el resto del XVII, en 1725 el súbdito sueco Liberto Wolters obtuvo licencia para explotar las minas de Guadalcanal durante treinta años, junto con las de Cazalla, Riotinto, Aracena y Galaroza (16). Para ello constituyó una compañía que interesó especialmente a la clase alta de la Corte. De esta manera, con el informe favorable del reconocido ingeniero Roberto Shee, se constituyó una Compañía de Minas, que pronto se dividió en dos: una para Guadalcanal y la otra para Riotinto. La Compañía de Guadalcanal consiguió el desagüe de las labores pero, tras numerosos litigios, se extinguió a los dos años.
Entró después en acción el más sorprendente de todos los personajes relacionados con la Reales Minas de Guadalcanal, lady Mary Herbert, la minera de Sierra Morena (17), a quien Murphy enmarca dentro de la pléyade de aventureros, charlatanes e impostores que también abundaban en el XVIII, en compañía de su socio, el conde Joseph Gage, ambos personajes objeto de la sátira más atroz por parte del poeta Alexander Pope (18). Lo cierto es que estos dos aventureros, después de ganar y perder una importantísima cantidad de dinero en la bolsa de París, recalaron en Sierra Morena a la sombra de Wolters, quien les traspasó la concesión minera de Guadalcanal. Al parecer, disponían de la máquina de vapor adecuada para solucionar los problemas de desagüe, la misma Newcomen que movía el barco que trajo a los mineros galeses contratados para la explotación. En Septiembre de 1732 ya habían conseguido su objetivo, el desagüe, pero la falta de liquidez retrasó la extracción del mineral argentífero, inundándose de nuevo los pozos y galerías. Insisten nuevamente, después de algunos aciertos y desaciertos consecutivos en otras zonas mineras de la geografía española, intentado formar la Compañía del Pozo Rico, tentativa también baldía, pues el descrédito que los promotores habían generado con sus extravagantes actuaciones en distintos distritos mineros disuadió a los posibles accionistas.
Así, con más penas que gloria, la minera y su no menos complicado socio mantuvieron la esperanza de levantar la explotación hasta que en 1767 perdieron la concesión de Guadalcanal, ahora en favor de Thomas Sutton. Este nuevo empresario, que estableció en París la Compañía de Guadalcanal, consiguió nuevamente el desagüe del Pozo Rico, aunque entró en quiebra sólo un año después, cediendo los derechos a una nueva compañía francesa que también cerró la explotación en 1778 (19).
En ausencia de otros interesados y tras la crisis de la Hacienda Real en fechas inmediatamente posterior a la Guerra de la Independencia, en 1822 la Comisión Especial de Recaudación del Crédito Público encargó un informe, cuya conclusión no aconsejaba reiniciar la explotación. El propio director general de minas, don Fausto Delhuyar, las visitó personalmente sobre 1825, al igual que la mayoría de los viajeros románticos de la época, que no desaprovecharon la oportunidad de recalar en Guadalcanal ante el mito de sus minas, siempre dejando constancia del estado ruinoso de sus instalaciones. Las averiguaciones de Delhuyar fueron esperanzadoras, pero su aplicación nuevamente insatisfactoria.
Ya en 1830 Fernando VII encargó otro informe, en este caso histórico, responsabilizando del asunto al presbítero Tomás González (20). Desconocemos si don Tomás se dignó visitar las minas guadalcanalenses o si simplemente consultó las referencias del Archivo General de Simancas. Esto último sí que es seguro, plasmando en un exhaustivo y voluminoso informe donde se recogían multitud de documentos, siguiendo la catalogación antigua, que de ninguna manera se puede utilizar como referencia en la actualidad (21). Dicho informe, con datos pormenorizados sobre la explotación en el siglo XVI, es precisamente el utilizado en este estudio, aunque tomando como referencia el texto y las citas de Sánchez Gómez, que sigue a González en lo concerniente a Guadalcanal, dando por bueno el trabajo de este investigador del XIX.
Al parecer, ni el tiempo ni los continuos fracasos lograron borrar el mito de Guadalcanal. Por ello, en 1847 se constituyó en Londres una nueva empresa minera, The Guadalcanal Silver Mining Association (22), reanudando las labores con celeridad. Formaba parte este intento, como dice Cabo Hernández, la fiebre minera que sacudía a Gran Bretaña en la primera mitad del XIX, potenciada por el impulso del capitalismo moderno. Aparecen, por lo tanto, unos nuevos aventureros, mezcla de tecnólogos, accionistas, negociantes y ocasionalmente personajes románticos, que parecían continuar con las experiencias de lady Herbert. En este contexto, la compañía londinense citada, con el principal argumento de un complejo juego de bombas extractoras de agua, emprendió la búsqueda del vellocino, plateado en este caso. Las expectativas eran grandes, pues el mismo día de constitución de la sociedad sus 2.500 acciones subieron de 5 a 11 libras, capital que se empleó en pagar los 120.000 reales en que fueron tasadas las minas y sus instalaciones. El desagüe, principal inconveniente de éste y anteriores intentos, estaba ya terminado para el 23 de diciembre, celebrando con toda solemnidad la Pascua de Navidad en la explanada del Pozo Rico, festejos de los que no quedaron excluidos las autoridades y vecinos de Guadalcanal, pues en esta ocasión, al contrario que en el fulgurante destello del siglo XVI, se contó más con ellos, incluso para el refrigerio, estilo inglés, que siguió a los cultos religiosos. Los trabajos, ahora con la activa participación de los guadalcanalenses, prosiguieron durante todo el 49, pero como la riqueza del mineral disminuía y el capital se agotó simplemente en el bombeo de agua y extracción de escombros, a mediados del verano del 1850 tomaron la decisión de desmontar la instalación.
Ya en el siglo pasado tenemos referencia de dos intentos. Uno en 1911, que se interrumpió al sobrevenir la I Guerra Mundial sin obtener resultados positivos. El segundo en 1919, a cargo de la Compañía del Pozo Rico y la Cuprífera Española, que también agotó rápidamente el presupuesto antes de obtener beneficios.
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FUENTES: Ver notas
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(1)GONZÁLEZ, T. Noticia histórica documentada de las célebres minas de Guadalcanal, desde su descubrimiento en el año de 1555, hasta que dejaron de labrarse por cuenta de la Real Hacienda, Madrid, 1832
(2)SÁNCHEZ GÓMEZ, J. De Minería, metalúrgica y comercio de metales, Salamanca, 1990
(3)...a do dicen el Molinillo y destajos, linde con el arroyo Gaitero y con la senda del Moral...
(4) Eran, por esas fechas, los empresarios mineros más poderosos de la época, precisamente con estrechos lazos financieros con el dueño de la mitad de Europa, el emperador Carlos V. Estos empresarios habían establecido un asiento con la Real Hacienda por el que se les reservaban las explotaciones mineras descubiertas o por descubrir en una amplia zona de la Península, entre ellas los territorios bajo la jurisdicción de la Orden de Santiago. Se exceptuaban ciertas zonas periféricas a Guadalcanal, como las de la encomiendas de Reina y Azuaga, ya comprometidas anteriormente con otros asentistas.
(5) En realidad, fueron numerosos los guadalcanalenses que intentaron registrar distintos pozos en la misma zona, dando paso a múltiples pleitos que desbordaban la capacidad y preparación de los alcaldes ordinarios locales, responsables de la primera instancia e, incluso, las del gobernador de Llerena.
(6) Concretamente, Martín Delgado cedió en primera instancia 3/20 de su propiedad a cuatro personas; una de ellas, un cura de Hornachos, vendió 3/80 de su parte a tres vecinos de Llerena en 232.250 mrs. A su vez, de los 17/20 que seguían perteneciéndole, cedió 1/20 a otras dos personas, y de las 16/20 restantes vendió 1/30 a un vecino de Llerena. En definitiva, un extraordinario enredo administrativo y mercantil, que más adelante arreglaría la Real Hacienda de un plumazo.
(7) 33.000 ducados, más un juro de 109.000 ducados de principal, con unas rentas anuales equivalentes a 1.526 ducados.
(8) 34.000 ducados.
(9) SÁNCHEZ GÓMEZ, op. cit. p. 632
(10) Ibídem, p. 515.
(11) Administradores en sus distintas categorías, alguaciles, guardas, fundidores, horneros, acemileros, herreros, ensayadores, torneros, plomeros, carpinteros, encargados de los ingenios, albañiles, acarreadores, etc.
(12) SÁNCHEZ GÓMEZ, p. 453.
(13) Debe V. M. mandar al dicho concejo de Guadalcanal no encorralen, prendan ni penen los bueyes que en carretas y carros traen plomo, leña y carbón y otras cosas a esta fábrica... Ibídem, p. 596
(14) GARCÍA TAPIA, N. “Ingeniería e invención en el siglo de oro. El caso de Jerónimo de Ayanz (1553-1613)”, en http:://nti.educa.rcanaria.es/fundaro...
(15) YANES, C. “La máquina de vapor e industrialización en Andalucía”, en http::/www1.es/pautadatos/publicos/asignaturas...
(16) En un intento de desmitificar este asunto, el portugués Jorge de Brito y Almansa escribió su famosa sátira que llevaba por título: Papel Demócrito que entre burlas y veras, se ríe y responde, en veras y burlas a un papel heráclito, que llora y iré la bobería que hacen los españoles, en la compañía que forman para las empresas de las minas de Guadalcanal, Río Tinto...
(17) MURPHY, M. “Lady Mary Herbert, una minera en Sierra Morena”, en Archivo Hispalense, nº 39, Sevilla, 1995.
(18) Participó como accionista y después, ante el fracaso, satirizando a sus socios. (19) Las minas de Guadalcanal fueron visitadas en estas fechas por el físico y naturalista Guillermo Bowles, por encargo de Carlos III. En su Introducción a la Historia Natural y a la Geografía Física de España (1775), da cuenta del reconocimiento practicado en el Pozo Rico y en el Campanilla.
(20) Op. cit.
(21) Para simplificar la búsqueda de documentos, remitimos al VI Congreso Internacional de Minería, celebrado en León, en 1970, donde se presentó un detallado estudio titulado La minería hispana e iberoamericana, cuyo V volumen recoge los 885 documento que sobre minería se custodian en distintas secciones del Archivo General de Simancas. Pues bien, de las referidas 885 entradas, el 25% remiten a las minas de Guadalcanal.
(22) CABO HERNÁNDEZ, J. “Comienzo del maquinismo en la minería española. Práctica empresarial y técnica minera inglesa en Sierra Morena: The Guadalcanal Silver Mining Association (1847-1850)”, en Revista de Estudios Extremeños, T. LI-III, Badajoz, 1995.
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